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domingo, octubre 17, 2021
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Año 2020 calamitoso y trágico

Varias instituciones y personalidades del mundo coinciden en calificar al año 2020 como el más calamitoso no solamente del siglo, sino como el más trágico desde la segunda guerra mundial.

En nuestro país también se considera a dicha etapa como negativa. Para el gobierno la culpa es del período de transición, y para la oposición es el resultado del despilfarro y la ausencia de previsiones durante los 14 años del gobierno del MAS.

Lejos de una observancia objetiva de la realidad prima una actitud de hostilidad y desencuentro.

La Iglesia Católica, mediante la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB) en su mensaje por Navidad, convocó a la reconciliación y dejar atrás el revanchismo. «Seamos capaces de reconciliarnos en las familias y en el país, de dejar atrás actitudes de revancha y mirar adelante, al futuro, con deseos de paz y buscando el bien común», sostiene el pronunciamiento.

Mientras que el pueblo predica lo mismo pero aporta que es necesario e imperioso procesar a quienes incurrieron en corrupción, no solo a nivel del anterior gobierno sino de alcaldes y gobernadores, perdonar si pero no dejar en la impunidad los actos lesivos a la economía del Estado, por quienes en lugar de administrar la cosa pública en forma idónea, se aprovecharon del cargo para hacerse de fortunas mal habidas que es urgente vía «justicia» se los sancione y encarcele, además de exigirles devuelvan con réditos los dineros malversados.

La Iglesia Católica reconoció que es un tiempo de sufrimiento y de temor por la pandemia.

«Cristo, cuyo nacimiento celebramos en la Navidad, llene de sentido y haga realidad nuestros esfuerzos por construir familias en paz y un país en justicia», señala el mensaje.

El hecho concreto es que, motivadas por la Navidad, las familias bolivianas desean vivir en tranquilidad, esa es una realidad que pasa por encima de las posiciones beligerantes y llenas de rencor de los políticos.

La ciudadanía con seguridad espera que todos los esfuerzos del país se canalicen para solucionar los problemas de salud y la crisis económica, como objetivos prioritarios. Pese a los anuncios del gobierno de que buscaría la reconciliación, hay señales preocupantes que encaminan al país hacia una mayor confrontación debido al nuevo proceso electoral para gobernadores, alcaldes y concejales.

Los organismos internacionales también promueven la pacificación, y han hecho diversos llamados a la concordia y a resolver los problemas mediante el diálogo y la justicia. Pero los hechos demuestran que se busca la confrontación. Los llamados a una concertación que lleve al país a una relación en democracia solamente encuentran oídos bloqueados por el dogmatismo, la búsqueda de revancha o las ambiciones.

Ni el gobierno y menos la oposición se han propuesto analizar la complicada realidad que vive el pueblo boliviano y el país en su conjunto. No hay propuestas ni proyectos, solamente quejas, recelamos, amenazas y represalias. En una situación tan difícil Bolivia requiere de estadistas que con inteligencia sepan gobernar, prudencia al actuar, madurez para reclamar y tolerancia de todos para escuchar las demandas, las explicaciones y las alternativas. Asimismo, necesita de buena voluntad para valorar las posiciones y buscar soluciones.

La herramienta más valiosa es el diálogo que en Bolivia ha estado ausente durante los últimos 14 años en los que se impuso la decisión vertical del poder.

La democracia exige muchas veces agotar todos los esfuerzos de negociación y persuasión para encontrar salidas aceptables, que seguramente no colmarán las expectativas de todos, pero que puede abrir espacios y tender puentes de armonía. Lamentablemente los mecanismos políticos y de agenda social de los últimos tiempos han estado marcados por el autoritarismo impuesto desde el poder, y aceptado militantemente por un grupo cooptado de dirigentes de algunas organizaciones sociales. Para nadie es un secreto el pago que se hacía para llevar gente a las marchas, bloqueos y concentraciones políticas. Durante todo este tiempo se olvidó la cultura del diálogo y hasta se devaluó la voluntad mediadora de la Iglesia, o la participación de instituciones «facilitadoras». Hoy, los poderes permanecen en su línea agresiva contra todo lo que se aleje de su forma de ver las cosas y los hechos.

Esa es la situación del país que está acosado por la pandemia además de una serie de privaciones, limitaciones, ausencias y la mala fe de quienes pudiendo apelar a soluciones armoniosas prefieren el enfrentamiento ideológico. Es cada vez más imperativa la necesidad de encontrar vías para un reencuentro nacional que haga posible la reconciliación democrática, es decir, la comprensión de las realidades que vive el país, con sus diferencias tanto en la forma de pensar, actuar e interpretar los hechos.

Esa es precisamente la base de la democracia, el respeto a las ideas de los demás, la tolerancia a la forma de pensar y la aceptación de que nadie posee la exclusividad de la sabiduría, la conciencia y la verdad.

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