Importante viraje norteamericano

Joseph R. Biden es el 46º presidente de EE.UU. Al asumir el cargo ha prometido «preservar, proteger y defender» la Constitución de EE.UU. Dijo que «la democracia ha ganado», y que buscará la unidad de todos los norteamericanos. Asimismo, Kamala Harris se ha convertido, en un episodio inédito, en la primera mujer vicepresidenta de EE.UU. El nuevo gobierno nace bajo el signo de la necesidad de cambiar muchas cosas, rectificar rumbos y fundamentalmente preocuparse de verdad por la salud del pueblo norteamericano.

Biden aseguró que ya no habrá más manipulación a través de la información falsa y que su gobierno tendrá que enfrentar «el surgimiento del extremismo político, la supremacía blanca, el terrorismo doméstico», y aseguró que estas amenazas van a ser derrotadas. Biden comienza su gobierno con la misión de enfrentar, además, varios otros problemas de magnitud, como la pandemia que ya ocasionó más de 400 mil muertes e infectó a varios millones de ciudadanos. En esa línea anunció que será la primera tarea a desarrollar preocuparse por la salud. Pero además están en juego sus ofertas electorales, y su propósito de devolver a Estados Unidos su lugar en el planeta. Recordemos que Joe Biden, en su campaña electoral dijo que «Estados Unidos está de vuelta», lo que significa un doble compromiso interno y externo. Tendrá que devolver la tranquilidad a su país azotado por la pandemia y la secuela que deja el coronavirus tanto en la economía como en todas las manifestaciones de la vida cotidiana, y en el plano internacional, la promesa que hizo significa recuperar el rol que siempre tuvo Estados Unidos en el planeta que fue sacudido por el gobierno de Trump.

Es una realidad que el gobierno de Donald Trump cumplió solo en parte su oferta electoral de cambiar la vocación global de EE.UU., por una preocupación para atender primero y prioritariamente los asuntos internos, hecho que fue calificado por los internacionalistas como un cambio radical de la política tradicional norteamericana que protagonizó, durante casi dos siglos, el rol de vigilante y defensor de las democracias del planeta.

Las actitudes racistas y hostilidad hacia la inmigración latina abrieron otro frente a EE.UU. La intención de Trump de construir un muro en la frontera con México, expulsar a inmigrantes indocumentados y desentenderse de los problemas mundiales, se cumplieron en parte, pero de todas maneras estos hechos dejaron, sin duda, disminuida la imagen norteamericana. Ahora, la tarea de Biden será titánica en muchos frentes internacionales con problemas graves con China, Irán, Rusia y Corea del norte, y un debilitamiento de la confianza con sus aliados naturales europeos.

En el caso de las relaciones con Bolivia, se mantiene la incógnita, especialmente por la posición que asuma el gobierno de Luis Arce Catacora, que hasta ahora da una impresión de carecer de un sello personal o político propio. Para muchos, el país sigue gobernado desde el Chapare con todas las consecuencias que ello implica. Para lograr una armonización entre EE.UU. y Bolivia tiene que existir voluntad de ambas partes. Hoy se mantiene el distanciamiento, y los desacuerdos han perturbado la armonía en las relaciones bilaterales, fundamentalmente por connotaciones políticas basadas en una profunda fractura ideológica que sustentaba el anterior gobierno del MAS, con relación a la política norteamericana en general. A su vez, Estados Unidos se ha alejado notoriamente de nuestro país. Desde 2006, una serie de hechos y actitudes deterioraron las relaciones. Muchas de las decisiones adoptadas se salieron de los objetivos nacionales, y respondieron a directivas ideológicas ajenas que no están en el sentimiento de los bolivianos. La autodefinición del anterior gobierno del MAS, por lo menos del expresidente, como socialista y marxista, fue personal y hasta de una parte de su conglomerado político, pero no de todo el pueblo boliviano.

La hostilidad antinorteamericana durante ese período se ha ido manifestando con declaraciones de elevado tono y finalmente con actitudes concretas, como la expulsión del embajador Philip Goldberg en septiembre de 2008, acusándolo de conspirar contra el Gobierno boliviano. Posteriormente se expulsó a la agencia antinarcóticos DEA y cesó la presencia de USAID, situación que tensionó mucho más las relaciones.

Después de una serie de contactos diplomáticos, tanto el gobierno boliviano como el estadounidense, coincidieron en señalar que estaba en camino un restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas entre ambos gobiernos. Hubo varios intentos, en uno de ellos, en un comunicado conjunto emitido por las misiones negociadoras, se decía que «las partes lograron progresos significativos en puntos sustanciales y establecieron un plan de actividades que busca arribar a un acuerdo final». Inclusive se firmó un acuerdo marco, que regulariza las relaciones diplomáticas bilaterales entre ambos países.

Pero cuando la política y las ideologías imponen su sello, todo intento de armonía se desvanece, para dar paso a otros sentimientos que permanecen muchas veces ocultos.

Esto ocurrió en este proceso, ya que mientras se desarrollan negociaciones en el campo diplomático, algo, o alguien, perturbó el ambiente. Siguieron fuertes alusiones que alejaron toda posibilidad de un reencuentro.

Hoy se mantiene la interrogante de cómo actuará el gobierno de Luis Arce Catacora.

Si cumple su intención anunciada al asumir la Presidencia, de buscar las mejores relaciones con todos los países, sin duda se podrán restablecer plenamente las relacionados con Estados Unidos.