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lunes, noviembre 28, 2022
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La Paz, después de 474 agitados años

El 20 de octubre de 1548, por decisión del reino español, se cumplía la misión de fundar una ciudad celebrando la pacificación a la que llegó la región de Perú y Alto Perú (hoy Bolivia) luego de las disputas entre facciones españolas. Y así, «pueblo de paz fundaron, para perpetua memoria». Ese fue el nacimiento de la ciudad que tuvo dos fundaciones, una en Laja y otra en Chuquiago Marka, a donde llegó Alonso de Mendoza, con sus acompañantes, que probablemente no se imaginaban que estaban dando el impulso inicial para el establecimiento de una de las ciudades más importantes de la historia continental, que pronto daría el primer grito libertario para dar fin con el coloniaje.

La ciudad de La Paz celebra hoy 474 años con una sensación de sentimientos encontrados entre sus valores humanos, su prodigiosa naturaleza, su belleza paisajista, sus enormes recursos naturales estratégicos dormidos, y la energía, firmeza y atrevimiento batallador que le dieron el título de «cuna de la libertad y tumba de tiranos». Las decenas de revoluciones, golpes, contragolpes, tres guerras y hasta entuertos políticos, han tenido su epicentro en esta ciudad donde la agitación política es una forma de convivencia. Es una de las características de las ciudades desde donde se ejerce el poder.

Pero la ciudad de La Paz paga caro ser la sede de gobierno, ya que muchas veces tuvo que renunciar a posibilidades propias a fin de compartir el destino común de la Patria. Lamentablemente, esta vocación integradora y solidaria no siempre fue comprendida en su justa dimensión, y el resultado ha sido la postergación a la atención a sus necesidades, ya que siempre se consideró que podía y debía tener paciencia y comprensión. Esta situación genera enormes carencias y problemas irresueltos que deben ser sorteados penosamente por los habitantes. Los citadinos encuentran dificultades de diverso orden, entre ellas, el peor sistema de transporte que está siendo mitigado por algunas iniciativas como los teleféricos y el transporte municipal, combatidos por la irracionalidad y el odio, al extremo de haberse quemado 61 autobuses. A ello se suman las diversas crisis que casi siempre repercuten de manera más dura en la sede de gobierno, que además, es la ciudad donde los precios de los productos en general son más altos. Pero también, esta ciudad tiene el raro privilegio de recibir todas las turbulencias del país y concentrarlas en sus calles mediante manifestaciones, bloqueos, dinamitazos y otras expresiones de protesta, ya que todos los problemas del país (de cualquier región) se ventilan con los aires del Illimani y se tiran sus desechos a las aguas del Choqueyapu. Aunque últimamente, Santa Cruz está viviendo esa turbulencia, impulsada desde el seno regional, pero con objetivos nacionales que están siendo compartidos y apoyados por casi todos los departamentos.

Pocos son los días del año en los que la sede de gobierno transcurre su rutina sin bloqueos, manifestaciones o huelgas, ya que cuando las aguas calman los aprestos belicosos de las demandas sociales, económicas o políticas, surgen las festividades tradicionales, que con su contagioso ritmo dan vida a las entradas folklóricas de Gran Poder, de los universitarios y decenas de fiestas pagano-religiosas con el nombre de «presteríos» que ganan las calles tanto del centro de la ciudad como de los barrios residenciales, las villas y todas las zonas periféricas sin excepción alguna. El derroche de alegría, colorido y energía se distorsiona con el alcohol y los artefactos pirotécnicos prohibidos, pero insistentemente e irresponsablemente utilizados, y no falta alguna tragedia, como en los últimos preparativos de la entrada folclórica universitaria.

La Paz, ha sido desde antes de la creación de la República de Bolivia, el epicentro político y económico regional, pero sigue pagando el derecho de mantener gran parte del aparato administrativo del país. Ha tenido que esperar que primero se atiendan las necesidades de todos los departamentos, para luego ver las posibilidades locales. Contrariamente a esa pasividad, otros pueblos decididos lograron establecer las bases para su propio desarrollo y potenciar sus posibilidades. Santa Cruz es un ejemplo, ya que, en lo que va del presente siglo, se ha convertido en el motor que mueve la economía, mientras La Paz mantiene un crecimiento moderado, junto a su hermana menor, la urbe de El Alto, con la que cuentan más de dos millones y medio de habitantes, salvo que el censo -si se realiza- diga algo diferente. De todas maneras, La Paz asume el mayor porcentaje nacional del comercio y es la ciudad que más contribuye al erario nacional en impuestos.

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