Nuestros grandes y queridos «viejos»

Dr. DAEN Ronald Torrez Armas

La pandemia exhibe la desigualdad frente a la enfermedad y la muerte. La presencia de ancianos abandonados en condiciones de salubridad deplorables y en situación de calle, indica que las instituciones han resultado inútiles, dejando en la indefensión a quienes la sociedad les debe respeto y agradecimiento.

La sociedad tiende a menospreciar a los «viejos» y el virus ha establecido parámetros de evaluación inaceptables por el solo hecho de ser el segmento social más vulnerable al contagio.

Hay quienes creen en la necesidad de privilegiar a los jóvenes frente a los «viejos» porque en forma equivocada e irracional consideran ya no contribuyen en igual medida; otros escogen entre la economía y los viejos; olvidan que los «viejos» cada vez son más, que son parte del mercado y como clientela, son cortejados como demandadores de mercancías. Otros inducen a su descarte para reducir la curva positiva del virus y la carga sobre la infraestructura sanitaria. El riesgo es que los defensores de la economía no tardarán en enlistar también a otros seres humanos como desechables, de los que dicen se puede «prescindir» en provecho del bien común.

Los ancianos tienen, de principio, desafíos cotidianos: combatir la soledad, el hambre y la incomprensión.

La asignación de recursos presupuestarios o sanitarios por criterios de edad o dependencia, vulnera principios básicos que atropellan la dignidad de los abuelos, viola sus derechos humanos que súbitamente ven amenazada su esperanza de vida, la pregunta es ¿Quién se cree Dios para decidir quién debe vivir y quién morir?

¿Cómo cambiar este paradigma?, poniendo en marcha una estrategia de prevención, asistencia y curación en el Sistema Nacional de Salud, afianzada y respaldada con medidas presupuestarias y sanitarias concretas.

Hoy, los servicios asistenciales para personas mayores son escasos o se carecen de ellos. Faltan servicios públicos como centros de alimentación, distracción o residencias para personas mayores; falta especialización en los profesionales socio sanitarios para su cuidado; faltan especialistas para ayudarles a envejecer; se carece de servicios a domicilio; muchos son analfabetos digitales o no tienen acceso a internet para utilizar el correo electrónico y el teléfono, especialmente en el área rural; ignoran como utilizar la telemedicina.

La banca y los seguros de vejez deben gestionar mejor la atención de pensionistas; debe exceptuárseles demostrar su vivencia física por un tiempo, evitar que los fondos privados de pensión favorezcan no solo a las rentas altas, pues los «viejos» carecen de opciones de ahorro; crear una renta básica universal que se asigne a todos los ciudadanos simplemente por serlo y no por sus competencias o logros laborales.

En resumen, falta gestión, falta política. Esta situación solo se revierte a través del compromiso y voluntad política.

Acaso los jóvenes no serán «viejos».

Viene al caso el refrán nadie es viejo si tiene el espíritu y voluntad joven. En el corazón de los viejos no hay mezquindad, la vida les enseñó que hay que saber dirigir, conducir, perdonar, disculpar, ser positivo ante la adversidad, pese a la discriminación y al atentado contra sus derechos humanos.