Poca posibilidad de reactivar economía a mediano plazo

Los indicadores económicos del país cayeron a niveles de las peores crisis que se recuerden, generando elevados grados de incertidumbre sobre la posibilidad de evolución, que está condicionada por los efectos de las secuelas que deja el coronavirus, así como del comportamiento de los sectores productivos, comerciales y financieros.

La tasa de crecimiento de la economía boliviana es negativa, llegó a -7,9 %.

Bolivia confronta la mayor contracción del Producto Interno Bruto (PIB) en los últimos 80 años; el desempleo se disparó al 11.8 por ciento y las exportaciones e importaciones descendieron significativamente.

Entre enero y julio de este año, las importaciones de Bolivia se redujeron en 34 por ciento de lo registrado en el mismo período de 2019. El principal proveedor a nuestro país es China y las compras bajaron en 31 por ciento, de acuerdo a informe del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE).

Las exportaciones bolivianas también experimentaron un descenso del 26 por ciento. Entre enero y julio de este año, las exportaciones de Bolivia alcanzaron los 3.713 millones de dólares, es decir un 26 por ciento menos de lo registrado en el mismo periodo de 2019. El volumen también bajó un 6 por ciento según el IBCE.

Es cierto que un panorama de semejante complejidad tiene que preocupar, pero hay otros factores que regulan la economía y muestran un panorama esperanzador que permite pronosticar la volatilidad de la crisis globalmente.

De acuerdo a análisis de organismos internacionales, la esperanza radica en la volatilidad de la pandemia que según investigadores científicos parece haber llegado a su nivel más alto y comenzó un descenso. En nuestro país también se está dando este registro.

Al reiniciarse actividades, paulatinamente comienza a moverse el sistema. Entre los indicadores económicos nacionales hay algunos que ofrecen señales de confianza. Uno de ellos es la política monetaria que demuestra estabilidad en el tipo de cambio. Otro la inflación, es una de las más bajas de la región, pese a la especulación que alteró los precios tanto por las restricciones de la cuarentena como por los bloqueos de carreteras que perjudicaron el normal abastecimiento.

De todas maneras, nuestro país requiere medidas puntuales para hacer frente a los enredos internos y a la crisis global, que tiene efectos directos en las economías más débiles, a lo que se suman las trabas políticas que conspiran para buscar la reactivación económica, como la confrontación de los Órganos Ejecutivo y Legislativo, al extremo de que se ha bloqueado la aprobación de créditos y se estancó la asignación de un mayor presupuesto para salud.

Para el director del INE, Yuri Miranda, «sin los efectos de la pandemia, la tasa de desocupación hubiese sido de 3,9 por ciento, pero como resultado de la cuarentena, se presenta un incremento de 7.9 por ciento». Señala que en el país hay dos millones 178 mil desempleados.

Entre los indicadores alentadores figura el Índice Global de la Actividad Económica (IGAE), que mostró una ligera recuperación, pero todavía registra una tasa acumulada negativa de 7,96%. En mayo alcanzó una variación negativa del 8,11%. Otro indicador positivo se da en las Reservas Internacionales Netas (RIN) que subieron de 6.298 millones de dólares, que se registraba en junio, a 6.500 millones de dólares. Ciertamente, el escenario general se configura incierto, pero también con señales esperanzadoras, ya que, de controlarse la pandemia, desaparecería la principal causa de la crisis. Las secuelas serán muchas y poderosas, pero también las necesidades mutuas de productores y consumidores, y ese es el factor al que Adam Smith denomina como la «mano invisible del mercado», que puede, dependiendo de las circunstancias, reencauzar el sistema. Todo dependerá del modelo político-económico que se aplique en el país.