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miércoles, noviembre 30, 2022
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Un museo preserva memoria y cultura de la comunidad afroboliviana de Tocaña

Expresiones culturales como la saya, instrumentos musicales, herramientas de trabajo y memorias audiovisuales expuestas en el Centro de Interpretación Cultural Afroboliviano Tocaña preservan la historia de ese pueblo que pasó de ser una hacienda a una de las principales comunidades afrodescendientes de Bolivia.

Tocaña está a unos 100 kilómetros de La Paz y a unos 1.344 metros de altitud en la zona subtropical de Los Yungas de La Paz, con un clima cálido como su gente.

El centro abrió en 2003 con un primer módulo que buscaba «mostrar las expresiones culturales» de la comunidad, sobre todo «con base a la saya», una de las danzas emblemáticas de los afrobolivianos, explicó a EFE el encargado del espacio, Edgar Gemio.

En 2007 se puso en marcha el «teatrín», un escenario con capacidad para 200 personas, y una segunda sala de exposición, una cafetería y el comedor.

En los años siguientes el centro tuvo un «declive», pero desde julio de 2021 tomó un nuevo aire y fue remozado bajo la conducción de Gemio.

De hacienda a comunidad

«Esos espacios, esos momentos se han conseguido a base de sufrimiento, luchas y mucha sangre seguramente. Entonces para cimentar eso nos sirve este espacio, para marcar la identidad, para poner en valor estas situaciones y poder expresarlo y compartir con la gente que nos visita», comentó el encargado.

Y es que la historia de Tocaña no fue sencilla.

Los primeros africanos llegaron a Bolivia en el siglo XVI, posiblemente por la ruta de Panamá-Perú y la de Buenos Aires, en calidad de esclavos para trabajar en las minas de plata de Potosí.

Esa memoria está presente en algunas sayas, como la que dice «Honor y gloria a los primeros negros que llegaron a Bolivia y que murieron trabajando muy explotados en el Cerro Rico de Potosí», explicó Gemio entonando ese estribillo.

Uno o dos siglos después fueron llevados a Los Yungas a trabajar en haciendas pertenecientes a españoles.

Así, esta población llegó a Mururata, «que era la hacienda matriz y de ahí se desprenden las haciendas de Tocaña, Chijchipa, San Joaquín y Suapi», entre otras, donde «había un patrón y se trabajaba» para él.

Luego vino el «pongueaje» por el que el «patrón distribuyó tierras» a la gente de la hacienda para que trabaje unos días supuestamente para sí misma y otros días para el empleador, pero este finalmente se quedaba con toda la producción, es decir, «era una esclavitud un poco más disimulada», acotó.

Con la reforma agraria posterior a la revolución de 1952, «la gente empieza a apropiarse de la tierra», porque «la tierra es de quien la trabaja», y así surgen los sindicatos, entre ellos el «Sindicato Agrario Comunidad Tocaña».

«Esta fue la organización con la que nos manejamos hasta el día de hoy y nuestra máxima autoridad es el secretario general», mencionó.

Cultura viva

La difusión de la cultura afroboliviana tampoco fue fácil, pues en las memorias de la comunidad está un primer intento por mostrar la saya en Coroico en la década de 1970 que fue recibido con mofa en esa localidad vecina.

En la siguiente década estas expresiones culturales fueron introducidas en los colegios de la zona y los estudiantes «afros y no afros» hicieron otra presentación esta vez aplaudida y sin burlas.

A partir de ahí se empieza a difundir con fuerza y es la saya la que «ha permitido romper todas las puertas» para lograrlo, destacó Gemio.

En esta cadenciosa danza, hombres y mujeres mueven hombros, caderas y manos al ritmo del bombo y el «reque reque», un instrumento musical fabricado con la coraza de un fruto de la zona.

«Con la saya nosotros podemos llegar a diferentes escenarios y mostrar y decir lo que sentimos, y contar nuestras experiencias, nuestros sueños y las emociones que tenemos», sostuvo Gemio.

Precisamente esta danza es una de las protagonistas del centro cultural, que incluye muestras de las vestimentas que se usan para bailarla y los respectivos instrumentos musicales.

Pero también hay otras expresiones culturales, como la semba, un baile que se interpretaba a modo de «resistencia» en la época de las haciendas, o el mauchi, un género vinculado con las ceremonias fúnebres.

Además se exponen utensilios como los morteros de madera, los lavaderos para limpiar el café, vasijas de arcilla y de barro para el almacenamiento de bebidas y de granos como el maíz, el trigo, o el arroz.

También hay una réplica de una cocina a la usanza antigua hecha por el artista Feliciano Pinedo.

El museo incluye un pequeño salón audiovisual con las fotografías de 26 personalidades que aportaron a la difusión de la cultura afroboliviana, además de documentales sobre la comunidad, y otro espacio para la consulta bibliográfica.

En el exterior se montó un módulo para mostrar la vocación agricultora con un pequeño cultivo de hoja de coca y un par de plantas de café, dos de los productos estrella de Los Yungas.

El centro está en un proceso constante para mantenerse vigente, con la meta ahora de poder tener una versión en línea, fuera de sus páginas en redes sociales, «para que cualquier persona desde cualquier lugar» pueda acceder a sus contenidos y actividades.

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