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sábado, septiembre 18, 2021
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Unidad frente a la sinrazón

Hay temas que deben ser manejados con la mayor responsabilidad y delicadeza, especialmente cuando se trata de asuntos que atañen a las políticas de Estado, como la cuestión marítima. Ha causado desazón la conclusión a la que llega el gobierno de transición que anticipa una segunda derrota de Bolivia frente a Chile en el seno de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya. Se trata de la demanda que interpuso el vecino país sobre el uso de las aguas del Silala. Para la actual administración, ya no está en discusión si se trata o no de aguas compartidas, sino qué se va hacer con los canales artificiales.

La canciller Karen Longaric, así como el nuevo Agente, Jaime Aparicio responsabilizaron al expresidente Evo Morales, a los excancilleres y al exagente Eduardo Rodríguez Veltzé de un manejo «irresponsable» y sin estudios técnicos previos del tema. Quienes actualmente dirigen las relaciones internacionales, recibieron información del equipo de abogados internacionales contratados para la defensa del Silala, sobre la situación actual del proceso que Chile inició contra nuestro país ante la CIJ. Al informar sobre el estado actual de la demanda, la Cancillería, emitió un comunicado en el que señala que en «sus actuados procesales (contra memoria) se admitió que una parte de las aguas del Silala fluyen de manera natural hacia Chile». De todas maneras, se señaló que la actual administración asumió la defensa de los intereses del país en la contrademanda y se «continuará defendiendo sus derechos basados en el derecho internacional».

Inmediatamente de conocerse la apreciación del gobierno nacional sobre el estado del proceso, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, consideró como una «buena noticia» el pronunciamiento de Bolivia en el que reconoció que parte de las aguas del Silala es de curso internacional y fluye de forma natural hacia su país. Y es que las contradicciones y golpes de boomerang, propios de la politiquería nacional, que antepone las ventajas partidarias antes que los intereses nacionales, han dejado siempre afectada la imagen internacional de Bolivia.

Desgraciadamente, nuestro país nunca ha tenido una política exterior coherente y sostenida en el tiempo, pese a que, para nadie es un secreto, que la diplomacia es la columna vertebral de los vínculos entre los Estados, no solamente para mantener buenas relaciones, sino para alcanzar las metas concretas que se proponga un país, así como avanzar en objetivos de desarrollo, bienestar, consolidar la paz y la armonía, y lograr el aprovechamiento oportuno de la cooperación. Existe un conjunto de acuerdos, reglas y métodos que permiten a un Estado instrumentar sus relaciones con otros sujetos del derecho como son naciones y organismos internacionales, con el doble objetivo de promover la paz y cultivar una mentalidad universal fomentando la cooperación de ida y vuelta en los más diversos campos.

Así como la diplomacia puede ser un factor decisivo la improvisación o imprudencia pueden conducir al fracaso. La unidad o dispersión internas se reflejan nítidamente en el exterior cuando surgen contradicciones. Reiteramos que la política exterior de un país debe responder a objetivos concretos en el que el interés nacional enmarque tanto la coyuntura como las secuencias históricas, y debe estar por encima de la política y la ideología. Lo que está pasando en nuestro país, merece un tiempo de reflexión sobre el significado de la unidad nacional, por encima de las circunstancias.

Lo que está ocurriendo entre los bolivianos motiva a recordar al poeta José Hernández, que advertía que «Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera». Los bolivianos debemos buscar fortalecer la unidad nacional en torno a la soberanía, la defensa de nuestro territorio y los recursos naturales, así como en la búsqueda de consolidar la democracia como medio para alcanzar mejores días para todos. Los corazones nacionales deben latir juntos por encima de los colores políticos, y deben unirse para desechar la sinrazón, que muchas veces ofusca las metes proclives a anteponer los intereses sectarios.

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