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viernes, septiembre 17, 2021
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Los jóvenes, y las movilizaciones

Los poderes constituidos pretenden encuadrar o conquistar a los jóvenes con el miedo o con prebendas. Pueden aceptar regalitos, pero sin comprometerse. Los políticos que pretendan ganarse a los jóvenes con esos métodos, acabarán decepcionados. Pueden hasta amedrentarlos por un momento, pero enseguida surgirán con nueva fuerza.

En Bolivia se criticó mucho que en las últimas tres décadas se había reducido la acción política de los universitarios, que en el pasado hicieron de las aulas un laboratorio ideológico. Pero en este momento en nuestro país miles de jóvenes están en las calles bloqueando, participando en mítines y cabildos demandando respeto a la voluntad expresada en las urnas.

Muchos tal vez habían votado por primera vez, otros tendrán alguna experiencia. Muchos han vivido la experiencia de los últimos 15 o 20 años, y han visto lo bueno y lo malo que les permite formar su propia opinión. Pero ¿cómo se explica su sintonía y coincidencia en la coyuntura actual? Algunos tendrán sus propias explicaciones simplistas y dirán que han sido adoctrinados por el imperialismo, o que se movilizan «por platita y notitas», y los optimistas de la oposición creerán que han sido cautivados por el discurso político de su tienda o sus ofertas, pero la realidad es que ni siquiera las conocieron sus propuestas, como la mayoría de los bolivianos.

Tiene que existir otra explicación que ha logrado mover la conciencia aletargada y ha sacudido a estos jóvenes hasta decir ¡basta! Como se trata de una explicación muy compleja, apelaremos al escritor Juan Arias, que en un artículo publicado ya hace tiempo en el periódico El País de España, que podría ofrecer luces. Entre muchos argumentos, señala que los jóvenes, se alejan cada vez más de los partidos tradicionales, y pueden parecer conservadores a los ojos de la vieja izquierda porque sus héroes son otros. Más que a Che Guevara, los jóvenes exaltan hoy, por ejemplo, a los ídolos del mundo de internet. Siguiendo las huellas de estos jóvenes creativos que empiezan de la nada, también ellos quieren triunfar, ganar dinero, poder viajar, sentirse libres de ataduras. Son anti y al mismo tiempo no saben bien con quién estar. Tienen más claro lo que no quieren, lo que rechazan, que lo que buscan.

Cada vez es más difícil «politizar» a los jóvenes porque para ellos la política clásica hace tiempo que ha dejado de interesarles. Se balancean entre la indiferencia y el rechazo al sistema. A los jóvenes les gusta cambiar las cosas, son dinámicos, mientras que a la política la ven estática. Quieren mudarlo todo, a veces con demasiada prisa, porque ellos mismos, a causa de la adolescencia, que hoy se prolonga hasta cerca de los 26 años según los psicólogos, están también cambiando biológicamente. La política, en cualquiera de los regímenes, intenta conquistar a los jóvenes olvidando que ellos son sordos a los halagos de los que les dan órdenes y consignas.

Los jóvenes fueron siempre la vanguardia en los movimientos que abrían caminos nuevos, pero mientras en el pasado actuaban a las órdenes de las instituciones políticas, sindicales, religiosas o militares, hoy van por su cuenta. Son líderes de sí mismos. Lo fueron ya en el mayo francés del 68 y lo son hoy en las nuevas primaveras revolucionarias. Lo que quizás nunca hayamos entendido de los jóvenes, de los de hoy y de los de ayer, es que son siempre los más fuertes aun cuando nosotros intentemos castrar sus impulsos, porque es la edad en la que se creen inmortales.

Juan Arias cita al psiquiatra italiano, Carlo Brutti, quien considera que la fuerza del joven es que no piensa que puede morir. Quizás por ello pierdan la vida en accidentes más que los adultos, porque no se protegen, son arriesgados, no calculan el peligro, incluso les gusta, porque están convencidos que ellos, porque son jóvenes, son eternos. De ahí la dificultad para los poderes constituidos de querer encuadrar o conquistar a los jóvenes con el miedo. No sirve porque no conocen ese virus. Son inmunes a las amenazas y a la violencia institucional. Crecen con ella. Los políticos que pretendan ganarse a los jóvenes con los instrumentos de la violencia contra ellos, acabarán decepcionados, porque ellos no conocen el miedo. Pueden hasta amedrentarlos por un momento, pero enseguida surgirán con nueva fuerza. Podemos añadir en la experiencia boliviana, que se les puede ofrecer bonos, puestos de trabajo, y hasta casas, que tal vez los acepen, pero su lealtad estará siempre en un horizonte propio y más amplio.

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