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martes, mayo 11, 2021
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Silencio electoral

La ciudadanía en general ha quedado liberada desde hoy de la propaganda política y de las actitudes engañosas de los candidatos. El silencio electoral significa también el freno a las campañas proselitistas que se caracterizaron por la intolerancia, imposición, guerra sucia, promesas imposibles de cumplir, el abuso de bienes del Estado y la prebenda.

La población descansa del martilleo de los políticos, que lejos de solicitar apoyo e intentar convencer al electorado con argumentos, sirvió para ofrecer proyectos y acciones, aunque sin decir cómo ni de dónde saldrán los recursos. El ciudadano queda libre también de la estridente propaganda callejera, de los jingles radiales y spots televisivos, vacíos, repetitivos, e insistentes sobre algo que nadie cree. Pero de lo que no se libra la población es de los dirigentes que continuarán haciendo declaraciones estridentes, con aires de perdonavidas, algunos dando una falsa seguridad de que van a ganar, y otros con voces quejumbrosas protestan porque saben que están fuera de toda posibilidad, y se limitan a rechazar el resultado de las encuestas. La ausencia del debate esclarecedor, tan necesario para aquilatar las verdaderas intenciones y personalidad de los candidatos, evitó que la gente por lo menos los llegue a conocer. Las limitaciones debido a la pandemia han sido determinantes para este desconocimiento.

Toda esta realidad obliga a actuar responsablemente. La esperanza en mejores días para los ciudadanos tiene que ser defendida democráticamente en las urnas y la única manera de hacerlo es concurriendo a cumplir con el deber ciudadano de votar en forma consciente, meditada por quien sea merecedor de confianza. Ojalá que se adopten todas las medidas de bioseguridad para proteger a la población. El ciudadano tiene que tener la capacidad de proyectarse al futuro y comprender que, con su voto, influirá también en la forma de vida de su propia familia.

Lo cierto es que la población ha sufrido tres campañas electorales en algo más de un año. La percepción generalizada es que solamente la angurria de poder aflora en todas las tendencias. En ese ambiente el ciudadano llega al momento de la meditación, carente de elementos que le permitan sopesar las consecuencias de su decisión. Algunos, tal vez muy tarde, se preguntarán si están comprometiendo su propio futuro, sin tener elementos suficientes para decidir. Pero una cosa si está clara. El voto o las elecciones mismas no son la meta, no son objetivos. Se trata, en realidad de un acto menor. Las consecuencias del voto son las que se proyectarán en el futuro, por lo menos hacia los cinco próximos años, en los que los ganadores decidirán por el pueblo. Esas decisiones necesariamente influirán, para bien o para mal, en la vida de todos los ciudadanos.

Por ello es que cada voto cuenta, y en éstas como en cualquier otra elección, aunque sea un derecho la disidencia, es necesario participar y decidir. Inclusive, es preferible que los indecisos o ciudadanos asqueados por la politiquería vean el mal menor, si nadie es de su agrado, pero es necesario su concurso, su voto, que es el sello de la voluntad ciudadana.

Siempre debe recordarse que la decisión en las urnas del próximo domingo se reflejará en lo que será la región, el departamento, la ciudad y el municipio. Los políticos se han empeñado en luchas intestinas, en profundizar las diferencias regionales y crear resentimientos ideológicos y hasta culturales, pero el pueblo, como lo ha hecho en otras oportunidades, al final demuestra sus convicciones. Por el bien de todos, ojalá esas convicciones estén basadas en la sensatez y amor al terruño. Ese debe ser el norte que guie a cada ciudadano. En estas últimas horas, libre de presiones, el ciudadano y su conciencia señalarán el nuevo rumbo de las gobernaciones y alcaldías, que tienen en su poder la atención de las necesidades de la población, especialmente en la actual crisis sanitaria y de educación.

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