Toda encuesta es elemento de descripción no de predicción

Dr. DAEN. Waldo Ronald Torres Armas

En la última «encuesta de intención de voto», de Ciesmori, Evo Morales estaría primero, Carlos Mesa segundo y Oscar Ortiz tercero.

Pero, al ser una «encuesta de intención de voto» no refleja en absoluto una eventual definición del resultado. Dicho de forma sociológica, solo tiene en cuenta la «intención» de voto directo de un determinado «momento concreto» y no la «estimación» de voto.

Intención de voto directo, es la respuesta impulsiva ¿a quién votaría usted?, este barómetro asigna datos brutos sin tratamiento y mueren de facto al día siguiente.

Termina siendo un simple sondeo de opinión preelectoral para tener el panorama sobre el tema y percibir tendencias, opiniones y actitudes relacionadas con las acciones políticas, de gobierno y los candidatos. No refleja por ningún motivo resultados del accionar de las personas que eligen en el momento de votar.

La «encuesta de intención de voto» de Ciesmori revela que el 23% no votaría por ninguno, el 2% no contesta y no saben el 3%. La retroalimentación señala un total de 28 % con decisión indefinida y mientras no se suprima el «no sabe, no contesta», persiste un voto oculto, por lo que la calidad de la información no es clara ni determina un resultado final.

En consecuencia, será de utilidad para los candidatos encontrar las razones, explícitas o implícitas, para atacarlas.

La estimación de voto en cambio incluye, además, a todos aquellos encuestados que no han respondido o que no saben por quién votarán. La estimación de voto, por lo tanto, es la adaptación de la intención de voto directo al 100% de los encuestados, intentando predecir el resultado teniendo en cuenta lo que han podido votar también ese 28% de los que no han contestado. Para esto, se aplica metodológicamente ese porcentaje a un modelo de corrección basado en otras variables de la encuesta de tipo cualitativo.

La «intención de voto» directo no constituye una buena previsión si lo que se pretende es acercarse a los resultados de las elecciones, ya que son muy altos los porcentajes de respuesta negativa.

Toda encuesta es un elemento de descripción, no de predicción.

Sirve para describir lo que ocurre en un momento determinado, en un lugar determinado, no sirve para predecir el futuro. Es un termómetro, no una bola mágica; debe valorarse como una inercia del pasado antes que como una medición de comportamientos futuros.

Todas las encuestas por supuesto responden a intereses determinados o como instrumento político, ya que pueden servir para inducir al pueblo a votar por quienes pagaron a la encuestadora. El que manda hacer encuestas, gana en ese momento concreto (en el caso el 19 de junio).

Al ser creadoras de opinión, la pauta publicitaria oficial les obliga a plantear, a costa del rigor, el escenario idóneo para un «candidato».

El abuso de encuestas, habitualmente amañadas por el poder del dinero, quiere dar la imagen de que las elecciones ya se consumaron y ya existe ganador, prendiendo hacer perder la seguridad y confianza de los electores en el poder de su voto.

No obstante, la revolución del «big data», con su recogida masiva de información, promete cambiar a esta «cocina» (encuesta) dependiente del poder político, devolviendo la decisión a quien siempre debe tenerla en el momento del voto: el soberano, el pueblo.